Este post está dedicado a Abel, Óscar G., Óscar O., David G., Bernardo C. y a José Luís D., por haberme acompañado con un cariño tan enorme y sincero como el de nuestra infancia y adolescencia.
Gracias por haber estado.
Y en especial a Pedro B. , cuya presencia en clase me hizo seguir apostando por el valor de los juegos en las aulas, y a quienes fueron sus compañeros/as de clase por haber hecho que sucediera algo tan necesario como es escuchar y respetar a quienes estaban con ellos/as en clase hasta el punto en que se sintió parte del grupo.
Y aunque el título es un homenaje a celebérrima película La vida de Bryan de los excelentísimos Monty Python guarda un poco más de reflexión.
Supongo que porque ya pinto canas, al menos en el pelo que me queda que es más bien poco o nada, miro desde esta colina llamada tiempo lo que han supuesto los juegos en mi vida, pero creo que también podemos hablar de ello a nivel social.
Jugar es una de las acciones sociales que todos hemos vivido y que nos «ayudan» a conectar con otras personas y -también hay que decirlo- con nosotros mismos. El valor del juego a nivel neurológico, psicomotriz y del desarrollo no va a ser objeto de estas líneas; hay muchas otras personas con mayor conocimiento y preparación que yo para profundizar en ello y desgranar las evidencias que demuestran -una y otra vez- que jugar es una necesidad a nivel mental, físico y neurológico.
Dicho lo cual voy a intentar -aunque ya saben vuestras mercedes que no suelo hacerlo- ser breve y bastante personal en este «aporte». Quizá aporte sea bastante pretencioso, pero por una vez vamos a mirar un poco a quien está delante de esta pantalla escribiendo. Como bien dijo Gándalf, y en más de una ocasión he citado, quizá sea momento de arriesgarse con un poco más de luz.
Siempre he sido una persona bastante insegura, las razones ahora mismo no son objeto ni centro de este post así que absténganse de analizarme y déjenme seguir, y aunque no lo parezca siempre busqué la aceptación de los demás de varias maneras.
Pese a lo «social» que he llegado a ser nunca me sentí parte de muchos de los entornos sociales que transité, y quizá por ello buscaba «encajar» a toda costa.
Yo era el niño que no jugaba a fútbol, o sea jugué en el barrio pero no «sabía» hacerlo en condiciones, mis capacidades para ese deporte no eran ni medio decentes y siempre me sentía «con dos pies izquierdos» frente a quienes me rodeaban.
En el colegio lo mismo, las actividades deportivas que copaban los recreos eran fútbol y baloncesto y -ya pueden imaginarse- no destacaba en ninguna aunque quizá con un balón en las manos me sentía algo menos torpe que con los pies. Imaginar mi paso por el instituto tampoco creo que tenga mucho secreto, aunque encontré un «hueco» en el baloncesto me hice un rincón en disciplinas deportivas individuales (mi trasfondo se centra en las artes marciales desde los 12 años) en las que encontré un espacio propio en el que también fue un contexto de conflicto interior (imagínense alguien inseguro al que la adolescencia le «ataca» cuando los referentes de cuerpos -deportistas de competición muchos de ellos- no son el propio) pero que -dentro de un orden- supuso una dimensión «positiva» en varios aspectos.
Ya, ya se que se están preguntando ¿Dónde están los juegos? pues vamos a ello.
Por avatares del destino, y de que mi hermano mayor sea quien es, así como de nuestro amor por la lectura y los juegos de mesa y posteriormente los videojuegos -que en casa y con ciertos amigos del barrio eran centro de muchas de nuestras tardes- llegué a un Club de Rol llamado Arioch.
Voy a resumir MUCHO: allí descubrí que no «tenía» que encajar. Simplemente podía «ser yo». Antes de que sigan leyendo: sí, no todo el mundo era un ser de luz y capullos los ha habido siempre. Con el tiempo ves quiénes se comportaban como imbéciles por temas personales y otros lo eran por naturaleza. Creo que puedo sentirme afortunado por -pasado el tiempo- haber podido hablar con algunas de esas personas y haber «mirado hacia atrás» y darnos cuenta de muchas cosas y decirlas con naturalidad y sinceridad. Esas personas son -y siempre lo fueron- gente de la que aprendí y con la que tuve relación de alguna manera u otra. Baste decir que pensar en ellas me saca una sonrisa.
Pero volvamos a los juegos.
No soy adalid de nada, simplemente quiero compartir lo que supusieron los juegos en mi vida. Nada más, pero nada menos. Supusieron sentir que encontraba mi sitio, un lugar en el que dar pasos y descubrir muchas cosas dentro de un contexto muy particular.
Gracias a los juegos también podemos descubrir potencialidades, destrezas, conocimientos y comportamientos que en ciertos entornos y contextos quedan silenciados u ocultos.
También son una poderosa herramienta para «ver» a personas a las que nunca se ha prestado atención o sobre las que tenemos «prejuicios» o visiones sesgadas.
Cuando me hice docente, y ya ha pasado algo más de media vida en estas lides, intenté hacer de mi experiencia un recurso y herramienta para «acercar» al alumnado. Encontrar una manera más de incluir, acercar y demostrar a la gente que tenía en clase que hay muchas otras maneras de «ser parte de clase» y de aprender.
En clase buscamos ser parte de ella, sea por rédito académico o social, pero muchas veces se quedan «colgada» o «descolgada» una parte de nuestro alumnado. No se «ven» dentro de ninguno de esos campos y hay momentos en los que pueden sentir que lo que les rodea les es hostil, ajeno o extraño. Sienten que no encajan en las «grandes ramas» sociales que un centro escolar ofrece.
Cuando uso juegos en clase, por TODOS los motivos que ya he descrito y explicado hasta la saciedad en este pequeño rincón virtual, también intento poner un «faro» para que -quizá- alguien que no sabe dónde puede encontrar su sitio pueda ver si el de los juegos le cuadra, y demostrar que jugando también se aprende. MUCHO.
He aprendido mucho jugando, estudiando sobre el juego y el deporte (recuerden que mis estudios son de Ed.Física) y del mundo del juego gracias a grandes profesionales -Imma Marín es uno de mis ejemplos cuando cito referentes, junto a Manu Sánchez Montero, Julia Iriarte, Pepe Pedraz, Mª Jesús Campos o Laboratori de Jocs (Álex Caramé y David Sastre) entre muchas otras personas que disculparán que no las cite aquí- y especialmente he aprendido su «poder» por lo que viví y he visto que puede hacer en buenas manos una herramienta como el juego en las edades en las que me muevo. Bueno, y también en las formaciones y acciones relacionadas con el mundo de los juegos de mesa, rol y videojuegos en las que he tenido ocasión de participar o de vincularme directa o indirectamente a lo largo de los últimos 25-30 años.
Los juegos de mesa, rol y videojuegos -con una buena gestión personal y social- son una extraordinaria herramienta y pasatiempo que nos ayuda a conectar con otras personas y hacernos sentir que podemos encontrar espacios en los que podamos aportar y que se nos valore/aprecie/descubra desde más allá del academicismo o las capacidades/destrezas físicas que tengamos.
¿Qué han hecho los juegos por nosotros? tanto que no darse cuenta es ser ciego al respecto…así que nos pondremos gafapásticos sobre ello.
HOMO LUDENS
Fuente: Ekilikua
El juego según Huizinga:
“acción u ocupación libre, que se desarrolla dentro de unos límites temporales y espaciales determinados, según reglas absolutamente obligatorias, aunque libremente aceptadas, acción que tiene su fin en sí misma y va acompañada de un sentimiento de tensión y alegría y de la conciencia de “ser de otro modo” en la vida corriente”
Para Huizinga, autor de uno de Homo Ludens, el acto de jugar es consustancial a la cultura humana. Porque además de homo sapiens y homo faber, el hombre es también homo ludens.
Éstos son, por lo tanto, los rasgos esenciales del juego:
- Es una actividad libre, que se aparta de la vida cotidiana, de la rutina.
- El luego tiene un espacio y un tiempo, en el que existe un orden absoluto y propio.
- El juego absorbe a la persona que juega y consigue que se entregue con todo su ser, con entusiasmo y emoción.
Para Huizinga uno de los principales beneficios del juego es que ayuda a la formación y el fortalecimiento del espíritu de los jugadores, permitiéndoles crear nuevos mundos, potenciando su creatividad y, al mismo modo, ayudándoles a abrirse al mundo. A su juicio, sin cierto desarrollo de una actitud lúdica, ninguna cultura es posible.
El historiador holandés considera que el juego no sólo constituye una función humana tan esencial como la reflexión o el trabajo, sino que, además, el origen y la evolución de la cultura poseen un carácter lúdico. El estudio del juego como fenómeno cultural es el eje de la teoría de Huizinga, en la que os animamos a profundizar. Porque estamos convencidos de que somos “homo ludens”, hombres que juegan.
El juego según Stuart Brown
Por su parte, Stuart Brown, psiquiatra, investigador clínico y otro de los pioneros en la investigación sobre el juego, considera que jugar mucho en la infancia hace adultos felices e inteligentes. A su juicio, gracias al juego se generan nuevas conexiones neuronales en el cerebro, que permiten aumentar la calidad y la resistencia de nuestro sistema nervioso. Y para ello alude a varios estudios científicos que han demostrado que las personas que siguen jugando a lo largo de su vida tienen un 70% menos de probabilidades de padecer, entre otras, demencia y enfermedades cardíacas.
Brown, fundador del National Institute for Play americano, señala que los investigadores en el campo del juego han identificado siete categorías de juego:
- juego compenetrado: reírse juntos, hacerse muecas el uno al otro, jugar a miradas fijas
- juego corporal: dar saltos, mover las caderas, bailar, treparse y hacer otros movimientos
- juego con objetos: juguetear manualmente con un artefacto, construir un modelo, rebotar piedras en el agua
- juego social: juegos de mesa y cartas, deportes en equipo, jugar a “corre que te alcanzo”
- juego imaginativo y de ficción: juego de charadas, juego de roles para diversión, juego a soñar despierto
- juego de narración de cuentos o narrativo: contar cuentos alrededor de una fogata, escribir poemas o en un diario
- juego creativo: pintar, esculpir, componer música, inventar solo por diversión
A su juicio, el juego nos ayuda a sociabilizar. Su teoría sobre el juego se basa en que si extrapolamos los elementos tanto del juego animal como el de los niños a las actividades de los adultos esto nos permitirá mejorar nuestra calidad de vida. Para Brown, jugar estimula el cerebro y ayuda a desarrollar la memoria contextual.
«Somos las criaturas más flexibles, joviales, plásticas –señala Brown- y, por lo tanto las más lúdicas y esto nos da una ventaja en la adaptabilidad«. Y nos propone que cada uno de nosotros intentemos realizar nuestro propio «historial de juego personal» recuperando las vivencias placenteras de las actividades lúdicas. A partir de allí, nos recomienda «ir hasta la imagen más clara, alegre y juguetona que tengan y comiencen a construir desde esa emoción la forma en que se conecta con su vida actual y encontrarán que pueden cambiar de trabajo o serán capaces de enriquecer su vida priorizándola y prestándole mayor atención.»
Así que sí, los juegos han hecho MUCHO por todos nosotros…y pueden seguir haciéndolo en muchas facetas y campos. Anímense a volver a jugar, merece la pena.

